Hoy siento un miedo punzante y cristalino.
Hoy maldigo la lucidez que me aporta.
Hoy siento un miedo punzante y cristalino.
Hoy maldigo la lucidez que me aporta.
El soldado desconocido no murió en el campo de batalla. Aún respiraba cuando su cuerpo fue encontrado sobre la arena de las playas de Normandía. Los sanitarios lo trasladaron a un buque hospital pero entre sus pertenencias no fue posible encontrar nada que lo identificara. Carente de mochila, no cargaba con más enseres que un reloj y una carta fechada en 1943 y firmada por su “serena esposa”. Pocas semanas después, al mismo tiempo que la de otros muchos camaradas, su mujer habría de recibir la comunicación oficial de su desaparición.
El soldado desconocido no despertó en pocos días, ni en pocas semanas, ni tan siquiera en pocos meses. Siempre inconsciente, su cuerpo vagó entre barcos y hospitales de la Europa aliada sin que se le conociera alteración del estado ni mejoría palpable. No presentaba, a la luz de los médicos, enfermedad ni herida grave. Ninguna radiografía mostró daños internos y su sangre se mostraba libre de agentes dañinos. Sin embargo, y a pesar de su evidente bienestar, se mantenía en un estado de sueño permanente.
Solo un hecho desmentía la apariencia de placidez que reflejaba de su rostro. Su mano izquierda se cerraba sobre si misma en un puño de irreductible fortaleza. Parecía concentrar en ello toda la fuerza de su cuerpo.
El uniforme que vestía cuando lo encontraron lo identificaba como soldado de infantería norteamericano, así que, a pesar de que su identidad seguía siendo ignota, dos meses después de su caída el soldado desconocido fue acomodado en un barco que trasladaba heridos a su país natal. Allí, nuevos médicos le trataron pero, ya fuera bajo el sol de Florida o frente al lago Michigan, ninguno logró averiguar la causa de su letargo ni el porqué de su crispada mano. Como último recurso, el doctor Irwin requirió la ayuda de su amigo, reportero del New York Times. Éste escribió un hermoso artículo sobre aquel joven encantado que dormía un sueño eterno. Hábilmente entretejidas en el texto se daban las escasas claves de su identidad: la marca del reloj y las referencias a una esposa serena que le esperaba en algún lugar entre el Atlántico y el Pacífico.
Pocos días después, un gran número de mujeres, jóvenes y ancianas, apoyadas en sus maridos o tirando de la mano de sus niños, se presentaron ante la puerta del hospital. A todas ellas les unía un hilo de esperanza. Quizás aquel joven fuera el hijo, el hermano o el marido desaparecido en la guerra cruel. Algunas de ellas gritaban alborozadas o nerviosas por la expectativa, la mayoría se mantenía en un mutismo angustiado por el presentimiento de una nueva decepción. Todas pasaron por la habitación del soldado desconocido y todas admitieron que no era quien buscaban.
Cuando las lágrimas y los sollozos se hubieron marchado y hubo retornado el silencio resignado del hospital, una joven de ropa sencilla y porte majestuoso pidió que la llevaran ante el enfermo. No usó más palabras de las precisas, ni enjuagó sus lágrimas con un pañuelo, tan solo asintió cuando lo reconoció. Pidió, eso sí, que lo acomodaran en una ambulancia y lo trasladaran a su casa. Durante todo el viaje se mantuvo a su lado, asiendo su mano derecha y sin dejar de observar con ternura su apacible respiración.
Durante años la vida de ambos transcurrió en una tranquila rutina. Ella arreglaba vestidos para las vecinas del pueblo y cuidaba un huerto con cuyas verduras subsistía. A cada poco levantaba la vista y observaba al soldado que se mantenía inalterable a una vida que no discurría por él. Una mañana de invierno, alegre por el radiante sol que entraba por la ventana no se contentó con observarle y se acercó a la cama. Dormía, tan plácido como siempre, y su mano cerrada se apoyaba sobre las blancas sábanas. Recordó entonces el ingenuo amor que a ambos les invadía antes de la guerra y a su memoria vino un gesto cariñoso que a él le encantaba. Se agachó y le besó en el cuello, justo bajo su oreja. Cuando se incorporó vio como él pestañeaba, primero pesadamente y luego más rápidamente, hasta que terminó por abrir los ojos. El soldado desconocido miró primero a la mujer y luego se giró reconociendo la habitación. Reparó entonces en su puño y lo relajó, abriendo la mano. Algunos granos de arena se escurrieron entre sus dedos. La mayoría permanecieron apelmazados por la humedad de su piel. Entonces, miró de nuevo a la mujer y recordó:
—Prometí traerte un recuerdo de Francia.
Cuando saltó al vacío sintió que dejaba atrás una vida errada. Tras su invisible estela quedaba una sucesión de fracasos ahora ya irremediables. El viento, veloz, arañaba su piel y arrastraba consigo todo cuanto de impuro había en su existencia. No sentía miedo, sólo emoción por la caída, atracción por el abismo. Su corazón bombeaba cada vez más fuerte y sentía su latido en las sienes. Quiso acelerar el trámite y afiló el cuerpo. Inmediatamente, la velocidad de su caída aumentó. Todo su cuerpo vibraba, en una tensión dolorosa y exultante. Aunque veía cada vez más próximo el suelo, no consintió en cerrar los ojos, pestañeó contra el aire que se los secaba. Estaba a muy pocos metros del pavimento cuando, por fin, el cable se tensó. Su cuerpo ascendió vertiginoso hacia el pasado mientras una pequeña lágrima se liberaba y proseguía su camino.
Toda fiesta contiene en la promesa de sus dones la trampa de un lunes ya señalado de antemano por los relojes incesantes. A esa hora sin esperanza, Marlene Dietrich vuelve a ser la cenicienta de un negocio sombrío, Harun Al raschid se despoja de su máscara de mercader o mendigo para regresar a la tiranía de su propio nombre, Mr. Hyde palpa de nuevo el rostro suave y afeitado del doctor Jekyll, Sherlock Homes se resigna a la torpeza casi conyugal del doctor Watson, el vampiro abandona la su apostura de Lord Byron malvado y se entierra bajo la losa y el destripador de los gatos granadinos sube de los túneles recobrando unos rasgos que tal vez todos conocemos.
En cuanto a Robinson, que pudo haber sido Lou Reed, o Rimbaud o el héroe por un día de David Bowie, sube como un Sísifo penitente las escaleras de su casa y se planta en el espejo, sucia la pupila de alcohol y deseos aplazados, reconociendo en él las facciones del íntimo impostor. Porque a ver quién puede o sabe, quién se atreve a borrarse de la frente el número de su carnet de identidad.
Antonio Muñoz Molina. El Robinson urbano
Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro, qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana; se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes, mientras le crece la barriga; ya es una gotaza que cuelga majestuosa, y de pronto zup, ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol.
Pero las hay que se suicidan y se entregan enseguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran; me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós.
Julio Cortázar. Historias de cronopios y de famas
Ya estaba sentado en su lugar de trabajo, revisando la bandeja de entrada del correo cuando sintió la primera punzada en la vejiga. Debería haber ido al baño nada más entrar, pensó. Bueno, se dijo, termino de chequear el correo y me levanto. Pocos minutos más tarde, leía atentamente un mail de su compañero de despacho acerca de las costumbres migratorias de los pingüinos imperiales cuando entró en la gestoría el primer cliente de la mañana. Estaban en los últimos días de diciembre y tras el primero se sucedieron sin apenas interrupción una pléyade de autónomos, empleados por cuenta propia y ajena, hipotecados, terratenientes, compradores, vendedores y demás personajes de todo tipo, incapaces al parecer de rellenar por sí solos el más simple de los formularios.
Cuando el último de ellos se levantó eran las once de la mañana y el resto de ocupantes de la oficina se dirigía al bar de la esquina a tomar el café. Les siguió por la fuerza de la costumbre y se tomó el menta-poleo y la botella de agua mineral que se reservaba para los viernes de resaca. Volvían todos juntos cuando Víctor sintió que la presión de la vejiga se estaba volviendo acuciante y pensó mierda, he olvidado mear en el bar. Apretó el paso para ser el primero en entrar en la oficina y que las posibilidades de que alguien se le adelantaran tendieran a cero, pero en el momento en el que hacía un elegante gesto de cadera esquivando el escritorio de Manoli, su extensión sonó con timbre perentorio. Víctor tomó la tajante decisión de hacerse el sueco y primar las necesidades fisiológicas sobre la impaciencia de los clientes. La vida es cuestión de prioridades, pensó.
—Joder, Víctor, ¿quieres coger el teléfono? –la voz de su jefe sonó irritada. —Es Paco, de la inmobiliaria.
—¿Y no puede esperar cinco minutos que vaya al baño?
—No, coño, no puede esperar. Lleva esperando la puta media hora que os pasáis en el bar sin dar ni chapa. O lo coges o vas a tener mucho tiempo de mear en la cola del INEM.
Víctor masculló una blasfemia y volvió a su asiento para descolgar el auricular. No es que le desagradara la idea de pasarse los lunes al sol pero tampoco se sentía especialmente revolucionario esa mañana. La conversación se alargó durante treinta eternos minutos en los que Paco, uno de sus principales clientes, desgranó sus vacaciones en Norteamérica, poniendo especial énfasis en lo mucho que había disfrutado de las cataratas del Niágara. Para cuando, finalmente pudo cerrar la conversación, Víctor sólo veía cascadas de agua que caían y caían, aliviando una presión insostenible, vaciando incontenibles un enorme depósito… ¡PAM! El descorche de una botella sonó como un disparo, sacándolo de su ensimismamiento y haciéndole descubrir que, de tanto apretarlas entre sí, sus piernas parecían haberse fundido en un único apéndice, dolorido y húmedo por el sudor.
—¡Vamos Víctor, que parece que estás papando moscas! Ven a echarte una copa de cava que hoy es mi cumpleaños —Losada le miraba en medio de una gran risotada que le descubría una hilera de dientes amarillentos. Abría mucho los brazos y gesticulaba de forma exagerada. Víctor pensó por un momento que le encantaría partirle la cara.
Se levantó, resignado.
—Disculpadme un momento, que voy al baño —dijo intentando abrirse paso entre aquella panda de cretinos como un rompehielos en el Ártico.
—Si es que estás más perdío que un pulpo en un garaje —le gritó Losada mientras le agarraba por el brazo impidiéndole avanzar. —Si no fueras tan vago te habrías enterado de que ayer cortaron el agua a las ocho de la tarde. Hasta el lunes, nada.
Víctor miró absorto el pretendidamente gracioso cartel que alguien había colgado del baño. No me jodas, dijo por lo bajo. Antes de que pudiera tomar forma en su cabeza el plan de fuga hasta el bar de la esquina, se vio con una copa de cava en una mano y una tosta de anchoas en la otra. Sin si siquiera de lo que estaba haciendo, le dio un mordisco al canapé, al que siguieron otros tantos de forma igualmente abstraída hasta que, de la tosta, solo quedó un fuerte sabor salado en su boca. Dándose cuenta de su error, no tuvo más remedio que beberse el cava. Otro cuarto de litro a sumar a la considerable cantidad que ya intentaba retener.
Víctor empezaba a considerar aquello como una pesadilla de la que era imposible despertarse. Miró con nerviosismo el reloj. La una menos cuarto. Si había clientes, y Víctor empezaba a pensar que los hados se habrían confabulado para que no le faltaran, no podría irse a casa hasta las tres. Demasiado tiempo, demasiado tiempo, demasiado tiempo… no podía pensar en otra cosa. Saltaba constantemente de un pie a otro, sin escuchar una palabra de lo que decían sus bulliciosos compañeros. Losada, sin embargo, vino a sacarlo de su mutismo.
—Coño, Víctor, estás en la parra. Además, tienes cara de enfermo. A ver si sales un poco y te aireas. Mírame a mí, me fui el puente a Bruselas y ahora cómo nuevo. Y oye, qué ciudad. Increíble. Fea como pocas, pero eso sí se bebe… lo que se bebe allí. Una cerveza tras otra. Y venga y dale. Y claro, como la gente bebe tanto, pues los tíos ponen meaderos en la calle y allí vas y te descargas mirando a las viejas que pasan por la calle. Y ya lo mejor, ¿has estado? —Víctor ni se molestó en contestar, tenía todas sus energías puestas en el control de su esfínter. —Joder, es que es la hostia. ¡Que el monumento más famoso de la ciudad es un crío meando!
Cuando Víctor tuvo que explicar ante el juez lo que pasó a continuación, se vio en serias dificultades. Para eximirlo, su abogado alegó enajenación mental transitoria.